Yellow letters
Festival de Berlín '26
Gelbe briefe, de İlker Çatak
Alemania, Francia, Turquía 2026 | Competición Oficial | ★★★★☆
Berlinale ‘26: Oso de Oro
En medio de la controversia generada en el Festival de Berlín sobre si el cine debe o no ser político, en cierta manera se podría decir que la última película de İlker Çatak (1984, Alemania) tras el éxito internacional de Sala de profesores (2024), plantea esta cuestión negando la mayor: “Lo personal es político“, comenta el productor Ingo Fliess en las notas de prensa: “Según el Instituto V-Dem de Gotemburgo, actualmente hay menos democracias en el mundo que autocracias, con más del 70% de la población mundial viviendo bajo sistemas autoritarios. En este contexto, la cuestión de la responsabilidad, nuestra responsabilidad como cineastas, se vuelve inevitable“. Palabras que parecen contestar a la declaración de Wim Wenders de que el cine no debe ser político. Porque Yellow letters (İlker Çatak, 2026) es una película conscientemente política, que habla sobre las aparentes democracias que ejercen un control sobre los diferentes estamentos sociales, entre ellos la cultura y su poderosa forma de permear la sociedad, manteniendo una apariencia de estabilidad. Entre 2016 y 2019, alrededor de 2.000 artistas turcos fueron suspendidos y llevados a los tribunales por haber firmado una petición de paz, pero en vez de acusarles directamente de un acto personal, se buscaron excusas como haber fumado en el camerino de un teatro para iniciar procedimientos administrativos. Todos recibieron “cartas amarillas” en las que se notificaba la apertura del procedimiento y su suspensión. En esta premisa está inspirada la historia escrita por İlker Çatak y su esposa Ayda Meryem Çatak para contar el proceso por el que el matrimonio formado por la actriz Derya (Özgü Namal) y el profesor Aziz (Tansu Biçer) comienzan a ser investigados tras el estreno de una obra de teatro crítica con el gobierno.
Algunos detalles como el hecho de que ella se niegue a fotografiarse con el gobernador el día del estreno, son pequeños añadidos al malestar que han estado provocando en las autoridades, de manera que la obra es cancelada y el profesor Aziz es suspendido de empleo y sueldo hasta que se celebre un juicio por algunos comentarios en redes sociales que se consideran insultos contra las autoridades: “Sé perfectamente la diferencia entre una crítica y un insulto“, se defiende él. Pero es la excusa para una purga que recuerda a las desfinanciaciones públicas que ha llevado a cabo la administración norteamericana como forma de chantaje contra las universidades que no se han alineado con sus planteamientos ideológicos. El director además propone un juego de roles en el que desafía al espectador a aceptar que una historia ambientada en Turquía se ruede en Alemania, planteando que Berlín representa a Ankara y Hamburgo representa a Estambul, sin tratar de hacerlas pasar por ellas, pero buscando perspectivas que transmitan la sensación de estar en Turquía, como el ferry de Hamburgo que es casi indistinguible del ferry de Estambul. Es una propuesta interesante, que nunca se convierte en dominante, pero que refleja el peso de la diáspora (el propio director es alemán de origen turco) y también cómo la historia no necesariamente podría desarrollarse sólo en un país más o menos atrapado por el control férreo del autoritario y corrupto presidente Recep Tayyip Erdoğan. Cuenta el director que el debate entre Israel y Palestina demostró que incluso en Alemania “los artistas y académicos deben tener cuidado con lo que dicen“.
La película habla sobre la represión silenciosa de las libertades de expresión a través de procedimientos administrativos que buscan excusas, del arte como una forma ética de hacer frente a los instrumentos administrativos de sociedades represivas.
Y sin embargo, Yellow letters no se enfoca principalmente en el conflicto político, sino en cómo éste afecta a un matrimonio en el que hay dos posturas diferentes, la más pragmática que mantiene Derya y la más combativa que propone Aziz. Las consecuencias de la falta de empleo se convierten en una sucesión de problemas: tratan de renegociar la hipoteca, pero finalmente deben abandonar Ankara (Berlín) para irse a vivir a Estambul (Hamburgo) al apartamento de la madre de él, Güngör Hanım (İpek Bilgin), mientras su hija adolescente Ezgi (Leyla Smyrna Cabas) se ve obligada a adaptarse a una nueva vida. El intelectual Aziz consigue un trabajo como taxista mientras Derya trata de convencer a su agente de que hay algunos límites morales que no quiere cruzar. En el libro The Turkishness contract (2018), el escritor Barış Ünlü (1975, Turquía) describe la presión que se ejerce desde la fundación de la República Turca sobre cómo se debe actuar socialmente: ir a la mezquita, integrarse en la comunidad, unirse al ayuno o borrar las publicaciones de las redes sociales que puedan ser ofensivas. Las expectativas impuestas se convierten en represiones de la libertad, lo que está bien representado en el conflicto que se establece entre Derya y su hermano Salih (Aydın Işık) cuando ella le plantea vender unos terrenos que heredaron, pero él le propone ayudarle económicamente, lo que Derya no acepta.
Salih es el ciudadano ejemplar, patriota y religioso, perfectamente integrado en una sociedad que acepta sin ningún conflicto: la ambientación en Alemania refuerza esta idea, representando el modelo de integración que se impone cada vez más en los países occidentales a los emigrantes, que exige una renuncia a los valores tradicionales propios. Hay un planteamiento brechtiano en la propuesta que hace el director con el espectador, que propone una reflexión sobre la famosa ironía anticapitalista de La ópera de tres peniques (1928), de Bertold Brecht y Kurt Weiss en la que se canta: “El dinero primero, la moral después“, lo que plantea que no se debe exigir un comportamiento ético a quien lucha por sobrevivir. En una conversación entre Aziz y Derya también se menciona esta idea: “Nuestro único sueño ahora es sobrevivir cada día“, dice ella, a lo que él responde: “Sobrevivir cada día no es un sueño. No debería serlo“. Al igual que la protagonista de Sala de profesores se enfrentaba a una administración que la cuestionaba, el matrimonio de intelectuales confronta a los estamentos políticos a través de sus obras, poniendo en escena “Yellow letters“, una representación que habla sobre su experiencia en Ankara, en torno a la represión que se ejerce sobre la cultura. Si bien la película puede caer a veces en cierto carácter discursivo, explicando continuamente a los personajes a través de los diálogos, surge como una propuesta sólida que reflexiona sobre la libertad de expresión en un momento muy importante, en el que ésta parece estar siendo negada como un soporte fundamental de nuestros derechos.


