London
Festival de Berlín '26
London, de Sebastian Brameshuber
Austria 2026 | Panorama | ★★★★★
Hace más de un década conocimos a Bobby Sommer, un actor no profesional que interpretaba al personaje principal de la película Museum hours (Jem Cohen, 2012), presentada en el Festival de Locarno, un celador del Museo de Historia del Arte en Viena que entabla amistad con una visitante canadiense que está en la ciudad para acompañar a un amigo enfermo. No sabemos si el director Sebastian Brameshuber (1981, Austria) ha visto aquella película, pero hay algo de aquel personaje en el protagonista de esta historia, como si fuera una continuación en la que Bobby (Bobby Sommer) ya es un hombre retirado que cobra su pensión, y que realiza frecuentes viajes entre Viena y Salzburgo para visitar, asimismo, a un amigo que se encuentra en el hospital, y con el que no ha tenido contacto en muchos años. En realidad, director y actor se conocieron cuando éste grabó un poema para el mediometraje Of stains, scrap & tires (Sebastian Brameshuber, 2019), y desde ese momento comenzaron a hablar sobre este proyecto. El planteamiento es tan sencillo como singular: un trayecto entre las dos ciudades en coche, que Bobby realiza varios días a la semana, recogiendo a pasajeros que también viajan por diversas razones a través de la autopista West Autobahn, una vía de comunicación que conecta Viena con Salzburgo, y que tiene un pasado especial, siendo la primera autopista construida en Austria, diseñada por el régimen nazi y cuyos primeros tramos se comenzaron a construir tras la anexión de Austria en 1938, aunque solo dos tramos se abrieron al tráfico cuando las obras se interrumpieron por el comienzo de la 2ª Guerra Mundial en 1942.
Este trasfondo histórico es relevante como un espacio que instrumentaliza el paisaje y que también conecta con la mirada al pasado que proponen algunas de las reflexiones que hace Bobby a lo largo de su recorrido por la carretera. London (Sebastian Brameshuber, 2026) únicamente muestra los trayectos que realiza Bobby acompañado por diferentes pasajeros, así como las conversaciones que se entablan entre ellos sirven para conocerles mejor, pero también para ir desgranando aspectos de la personalidad del protagonista: un soldado que se pregunta qué significa luchar, un aprendiz de supermercado que va a ver a su familia, un académico que analiza la historia de la autopista, una mujer queer a punto de casarse... El título, que parece desconectado de la ruta geográfica por la que discurre la historia, hace referencia a ese estado mental de divagación que se establece en largos recorridos por carretera, pero también a esa condición de ciudad situada en un lugar al que no se puede acceder por vía terrestre, distanciada como permanece distante el pasado al que se aferra el protagonista a través de los recuerdos de su amistad rota. La película se ha rodado completamente en un estudio en el que se proyectaban las imágenes del paisaje grabado con anterioridad, en grandes pantallas alrededor del vehículo, y los diálogos han surgido de las interacciones personales de los pasajeros escogidos con el propio Bobby, de manera que las conversaciones no están basadas en un guión previo, aunque la construcción del personaje principal tiene una base dramatúrgica.
En esta constante vinculación entre el pasado y el presente, entre lo ficcional y lo documental, London encuentra un camino singularmente apasionante, en el que la palabra y el diálogo se convierten en el soporte principal de la construcción de los personajes.
De esta forma, London se desarrolla a lo largo de una frontera difusa entre la ficción y el documental que el director establece de una forma natural, como si en realidad no existiera una diferenciación entre lo documental y lo ficticio, ambos entrelazados como un acto de negociación para crear un punto de inflexión y mantener una fricción constante. Una narrativa ficticia dentro de una realidad cotidiana se establece a lo largo de una historia en la que el pasado impregna necesariamente el presente, y las conversaciones que se establecen entre varios desconocidos consiguen tener ese tipo de intimidad que a veces solo es posible con personas a las que se sabe que nunca se volverá a ver. Los interlocutores de Bobby son en su mayor parte actores no profesionales, excepto la actriz Anca Cipari, quien interpreta a una autoestopista rumana que pide a Bobby que la acerque a la próxima parada de un autobús que acaba de perder, a pesar de la barrera del idioma. También interpreta a uno de los pasajeros el director Ted Fendt (1989, Filadelfia), quien asimismo presenta su última película en la sección Forum del Festival de Berlín, Foreign travel (2026), y Clifford Agu, que fue protagonista de la anterior película del director, Movements of a Nearby Mountain (Sebastian Brameshuber, 2019), en la que el paisaje también se establecía como un elemento fundamental para entender a los personajes.
London es una propuesta que mantiene su propio ritmo, muchas veces pausado y marcado por el ritmo que surge de las conversaciones entre estos desconocidos que viajan por la autopista West Autobahn sin conocer el pasado que la rodea, a veces dilatando más las conexiones entre ellos a través de largos silencios y otras conectando inmediatamente. En alguna ocasión Bobby ayuda a algún refugiado, a inmigrantes que tratan de cruzar hasta Alemania o simplemente a soldados que llevan a cabo el servicio militar obligatorio. Hay algún elemento de distopía en la parte final, cuando el comienzo de la invasión de Ucrania que se menciona constantemente en las noticias de la radio provoca que exista un control militar más estrecho respecto a los vehículos que circulan por la autopista, pero al mismo tiempo se establece como un eco de las guerras del pasado, especialmente la guerra de los Balcanes. En esta constante vinculación entre el pasado y el presente, entre lo ficcional y lo documental, London encuentra un camino singularmente apasionante, en el que la palabra y el diálogo se convierten en el soporte principal de la construcción de los personajes.


