Incontrolable
Festival de Róterdam - IFFR 2026
I swear, de Kirk Jones
Reino Unido 2025 | 121’ | Limelight | ★★★★☆
British Independent Film Awards ‘25: Mejor Actor, Mejor Reparto
BAFTA ‘26: 6 nominaciones - Película, Actor, Actor revelación, Actor secundario, Guión, Reparto
En la progresiva inclusión de personajes no normalizados dentro de las historias que se cuentan en el cine y la televisión, el síndrome de Tourette ha tenido algunos tratamientos interesantes, que se alejan de la anécdota simple de los insultos descontrolados y los tics nerviosos para tratar de profundizar en cómo las personas que sufren este trastorno neurológico pueden convivir con él dentro de una sociedad que marca distancias insalvables, especialmente en cuanto a los conceptos de educación y de convivencia. En Incontrolable (I swear) (Kirk Jones, 2025) se remarca en varias ocasiones que el problema del síndrome de Tourette no es necesariamente el de unos síntomas tan expresivos, sino en cómo el resto de la sociedad los recibe; si la perspectiva habitual suele ser la de preguntarse cuáles son los mecanismos para adaptarse a las normas sociales, quizás la respuesta está en cambiar esa perspectiva. Es la sociedad la que debería hacer un esfuerzo por entender y aceptar. El año pasado hemos hablado de la serie belga Holy sh!t (Streamz, 2025), una comedia seleccionada en Canneseries que tiene como protagonista a una aspirante a profesora con dificultades para colmar sus aspiraciones de dar clases en una escuela, debido a los tics fónicos y espasmos que le provoca el síndrome de Tourette. Y en esta ocasión encontramos entre las películas británicas más destacadas del año, con cinco nominaciones principales a los premios BAFTA, a otro protagonista que se enfrenta a un entorno más difícil y hostil, porque sus síntomas surgen en la adolescencia, en la pequeña localidad escocesa de Galashiels, durante los años ochenta, una época en la que la enfermedad era descrita en Gran Bretaña como “wild madness“ (locura salvaje).
El Síndrome de Gilles de la Tourette (ST) es una condición médica del sistema nervioso generalmente desconocida de la que no se sabe su origen, aunque se apuntan factores hereditarios, cuya manifestación externa se produce a través de espasmos involuntarios que pueden ser tics motores y al menos un tic fónico. Entre las personas que padecen Tourette, aproximadamente un 10% también presentan lo que se denomina coprolalia, una expresión involuntaria de palabras obscenas o comentarios despectivos. Lo que tienen en común la serie belga y esta película británica es que no caen en el habitual retrato depresivo de unos síntomas que claramente provocan dificultades para encajar en la sociedad. John Davidson, en cuya vida está basada la historia de Incontrolable, fue el protagonista, cuando solo tenía 16 años, de un reportaje de la BBC titulado John’s not mad (Valerie Kaye, 1989) en el que, a pesar de las buenas intenciones de demostrar que, como dice su título, el síndrome de Tourette no es un síntoma de locura, ofrecía una imagen del joven caminando entristecido por las calles de su ciudad. Por eso es alentador que se utilice el humor para normalizar, y eso lo hace esta película con una eficacia sorprendentemente natural, sobre todo gracias a la conmovedora interpretación de Robert Aramayo, al que hemos visto en un papel totalmente diferente en el épico relato histórico Palestine 36 (Annemarie Jacir, 2025).
Es una historia amable que resulta tan entretenida como educativa, que sin embargo no elude los desafíos a los que se enfrenta su protagonista, utilizando la comedia como una herramienta muy efectiva para normalizar y empatizar.
Incontrolable no es solo un relato de persistencia, sino también una historia sobre cómo la familia puede convertirse en una barrera, sin estar a la altura de las circunstancias. Cuando un adolescente John (Scott Ellis Watson) no puede controlar el gesto de escupir en la comida, su padre le envía a comer delante de la chimenea, el lugar que se convertirá en una metáfora de la incomprensión que genera dentro de su propia familia, que no actúa como un espacio de protección sino todo lo contrario, a pesar de que su madre Heather (Shirley Henderson) no está retratada exactamente como una persona cruel. Pero la historia pasa rápidamente a la edad adulta, quizás para no caer en la habitual descripción depresiva de los años más difíciles, aquellos en los que el joven es castigado por el director de la escuela, que considera faltas de respeto sus espasmos y tics fónicos. En ese momento, John (Robert Aramayo) encuentra la protección de otra familia, y especialmente de Dottie (Maxine Peake), una ex-enfermera de una clínica psiquiátrica que se enfrenta a sus propios problemas de salud pero aglutina toda la comprensión que el joven necesita. Es por tanto una historia sobre familias elegidas que a veces ocupan un lugar mucho más relevante que la propia. El director Kirk Jones utiliza el humor como un vehículo de normalización, y ese es un hallazgo especial, aunque su propio guión circule por terrenos narrativos más o menos convencionales. Pero es la humanidad de sus personajes la que trasciende el relato, como en esa divertida y caótica entrevista de trabajo que tiene John con el responsable de mantenimiento de un centro comunitario, Tommy (un encantador Peter Mullan, alejado de sus recientes personajes de antagonistas).
La película nunca elude los desafíos a los que se enfrenta John, como cuando consigue la necesaria emancipación en su propio apartamento, pero lo hace en un tono de comedia que resulta al mismo tiempo conmovedora. Incontrolable es una historia amable que resulta tan entretenida como educativa, y a pesar de que defiende que es la sociedad la que debería asumir la diversidad neurológica de sus habitantes, no solo respecto al síndrome de Tourette sino hacia otros espectros como el autismo, al final también revela que las investigaciones médicas pueden contribuir a que una persona que sufre estos síntomas pueda realizar actividades tan cotidianas como visitar una biblioteca, donde sus espasmos y tics no encajan con la atmósfera requerida. John Davidson se convirtió en un activista que defendió el conocimiento de los síntomas del síndrome de Tourette para aceptarlos, y sobre todo la necesidad de reunir a quienes padecen este trastorno como un vehículo para evitar la soledad y el silencio, llegando a recibir la Orden del Imperio Británico de manos de la reina Isabel II, a quien durante la ceremonia le dedicó un “¡Que se joda la Reina! Incontrolable puede ser solo una pequeña aportación, pero es tan encantadora que posiblemente resulta bastante más efectiva que muchos discursos.


